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5   LEPANTO EN LA CULTURA Y EN LAS ARTES

La batalla de Lepanto ha inspirado epopeyas cultas en verso castellano y latino, y José López de Toro las estudió en su libro Los poetas de Lepanto, recogiendo la resonancia poética que Lepanto suscitó en la Cristiandad desde el S.XVI hasta casi nuestros días.

El libro se abre con un breve marco histórico y antes de entrar en el estudio de la repercusión propiamente literaria de Lepanto, el autor ofrece unas breves notas sobre su impacto en la música, la pintura y la escultura aludiendo brevemente a las huellas del tema en la literatura dramática.

A los capítulos preliminares sigue uno en el que López de Toro estudia los poemas completos sobre Lepanto desde el S.XVI al XIX, deteniéndose en algunos de ellos con especial atención, como: La Naval de Pedro Manrique, La Austríada de Juan Rufo…Analiza, también, diversos fragmentos de obras poéticas como La Araucana de Ercilla, La Creación de Alonso de Acevedo…en los que se alude a la victoria de Juan de Austria, y estudia la huella de Lepanto en la poesía lírica italiana del S.XVI y en el romancero español, en las obras de Cervantes, Lope… Cierra su valioso libro con una relación nominal de poetas que de una u otra manera la han cantado.

Lope de Vega se refirió a la batalla en varios pasajes y en su comedia La Santa Liga. Y escribió sobre la trayectoria de Álvaro de Bazán:



“El fiero turco en Lepanto,
en la Tercera el francés,
y en todo el mar el inglés
tuvieron de verme espanto.
Rey servido y patria honrada,
dirán mejor quien he sido,
por la cruz de mi apellido,
y con la cruz de mi espada”

Fernando de Herrera le dedicó unas famosas estancias y, en prosa, la Relación de la Guerra de Chipre y Sucesso de la Batalla Naval de Lepanto (Sevilla, 1572).

Fueron muchos los ingenios del Siglo de Oro que cantaron la victoria. Incluso pasó al teatro.

Miguel de Cervantes, quien describió la batalla en su Epístola a Mateo Vázquez, le dedicó probablemente, su perdida comedia La Batalla Naval.

José Luis Borges, en el prólogo a La cólera de las rosas. Ensayos escogidos de Chesterson, escribe:

"Creo […] que Lepanto es una de las páginas de hoy que las generaciones del futuro no dejarán morir. Una parte de vanidad suele incomodar en las odas heroicas; esta celebración inglesa de una victoria de los tercios de España y de la artillería de Italia no corre ese peligro. Su música, su felicidad, su mitología, son admirables. Es una página que conmueve físicamente, como la cercanía del mar."


La gran victoria de Felipe II se aseguró buenas y prestigiosas ilustraciones.

Encargó al pintor genovés Luca Cambiaso seis grandes lienzos, que ilustran la batalla, para el Monasterio de El Escorial.

También el primer marqués de Santa Cruz mandó hacer un fresco en el techo de la sala principal de su Palacio en Viso del Marqués, techo que se hundió con el terremoto de Lisboa en 1755.

Las paredes del Palacio están decoradas con 8.000 metros cuadrados de frescos manieristas, elaborados para exaltar las virtudes militares de su dueño y enaltecer su linaje.






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Las tripulaciones de las galeras crearon, alrededor de 1564, una Cofradía llamada de la Piedad y de la Caridad refrendada por el Papa San Pio V a petición de don Juan de Austria, Generalísimo de la Santa Liga. Cuando esta flota de galeras participó en el combate del golfo de Lepanto el 7 de octubre de 1571, don Juan atribuyó la victoria obtenida a la mediación de esta Virgen de la que llevaba una imagen, sostenida en su propia mano, durante el combate con los turcos. Esta imagen se guarda actualmente en una capilla en el Palacio de Álvaro de Bazán.

Valdés Leal pintó una batalla de Lepanto para la iglesia de la Magdalena de Sevilla.
 
El pintor filipino, entonces español, Juan Luna Novicio, pintó La batalla de Lepanto en 1887 para el palacio del Senado en Madrid.



Combate Naval de Lepanto de Juan Luna
Senado de España
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Y en el Museo de la Casa de Cervantes existe otra representación anónima.

En el Museo Naval de Madrid se puede contemplar el cuadro Visión del Papa Pío V de la victoria de Lepanto.



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REVELACIÓN A SAN PÍO V
DE LA VICTORIA DE LA SANTA LIGA EN LEPANTO 
- 7 OCTUBRE 1571-

Óleo dedicado a ensalzar la figura del Papa San Pío V tras su beatificación en 1672
Museo Naval de Madrid


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De autor anónimo que puede ser de la escuela hispano-flamenca de finales del siglo XVII con influencia genovesa, aunque, según Guillén, recuerde las maneras de Juan de Toledo (1611-1665). Estudios recientes atribuyen a la mano de Juan Niño de Guevara (1632-1686) o a la de su discípulo Diego de la Cerda, la parte izquierda del lienzo centrada en el pontífice orante y la vista de la ciudad de Málaga.

En el lienzo existen 2 zonas perfectamente delimitadas: la derecha, ocupada íntegramente por las escuadras de la Santa Liga y Turquía constituidas por multitud de galeras, galeotas y galeazas en pleno combate, y la izquierda, consagrada al retrato del Papa.

En esta última, aparece en primer plano un reclinatorio en el que está arrodillado San Pío V orando frente a un crucifijo de marfil y ébano, bajo dosel. Un ángel pasa su mano sobre la cabeza del Papa girada a su izquierda. Representa el momento en que Su Santidad, cuando se encontraba en una de las cámaras del Vaticano, tuvo una visión de la batalla que en aquellos momentos se libraba en aguas de Lepanto entre las armadas de la Santa Liga y Turquía al mediodía del 7 de octubre de 1571.

En aquella ocasión, el pontífice, con el rostro demudado por la emoción y la mirada puesta en el cielo, se dirigió al tesorero monseñor Bartolomeo Bussotto, con quien se encontraba despachando en ese momento, y le dijo: “Andate monsignore, non è tempo di altri affari, ringraziatene Iddio che l'armata nostra, affrontatasi con la nemica, ha guadagnato la vittoria”. Suceso notorio que consta como milagro en el proceso de canonización de este Papa, pues la noticia real del resultado de la acción llegó a Roma el día 26 de octubre.

Tras la imagen, en segundo plano, parte superior izquierda, a través de un arco se aprecia una magnífica vista de la ciudad de Málaga y la costa hacia Levante. De arriba a abajo, podemos distinguir el castillo de Gibralfaro, el conjunto de la Alcazaba, el corral de los cautivos, las torres de las iglesias principales y la incipiente torre de la catedral que por estos años iniciaba su andadura histórica como símbolo principal de la ciudad. También se aprecia la muralla del Mar con su puerta próxima a las Atarazanas, y un poco más a la derecha se ve un castillo que bien podría ser el “castill de los Genoveses”, no existente en la actualidad, pero si documentado por las excavaciones realizadas en el lugar durante la última década del siglo XIX, que nos aportan información sobre buena parte del imponente bastión defensivo que aparece reflejado en el cuadro.

Aparece también retratado buena parte del litoral de la ciudad y una torre almenara, posiblemente la de San Telmo, en lo que actualmente es la playa de La Caleta, así como los lienzos de los muros pertenecientes al propio convento de Santo Domingo, desde donde se observa el paisaje. No hay que olvidar la importancia de este hecho, ya que fue en este convento donde se conservó este lienzo.

Además, avalan la importancia del convento, tanto los dominicos presentes en la comitiva de la procesión, como en la advocación que preside el escenario de la batalla en la parte superior, donde también figura la Virgen del Rosario que está siendo procesionada bajo palio en andas portadas por cuatro caballeros precedidos por padres dominicos.

La Virgen del Rosario aparece presidiendo el cuadro y la presencia de la luna bajo los pies de la Virgen es un atributo cargado de significado. Los cristianos españoles de los siglos XVI y XVII identificaban tras la batalla de Lepanto que nos muestra el cuadro, la presencia del astro como la victoria del cristianismo sobre la media luna turca infiel.

Presidiendo el escenario de la batalla, en la parte superior, se repite la figura de la Virgen del Rosario, esta vez de frente. La patrona de la Armada que porta el característico rosario en la mano izquierda y un cetro con la derecha, aparece detallada iconográficamente de forma similar a la que en la ciudad de Málaga se representa a su patrona, la Virgen de la Victoria, tal y como se puede documentar en las fotografías y testimonios existentes en el archivo Temboury de la Diputación Provincial malagueña.

En las zonas central y derecha del cuadro, puramente navales, se muestran representadas en perspectiva y vistas de norte a sur las escuadras de la Santa Liga y Turquía combatiendo. En primer plano, se aprecia a la derecha lo que podía ser la galera Real de Juan de Austria abordada por la proa con la también galera Sultana de Alí Pachá, comandante general de la armada turca. En la primera embestida, esta última, tras disparar la artillería, había metido el espolón hasta el cuarto banco de la española, de tal modo que quedaron ambas firmemente aferradas formando un solo campo de batalla. Es el momento final del sangriento combate entre las dos capitanas.

La galera de don Juan presenta el costado de babor. La popa está ricamente decorada con tallas y pinturas destacando la carroza descubierta, sin tendal y rematada por fanal (en realidad eran tres, destacando el central sobre los dos restantes). En el casco, bajo ella, abre tres portas, correspondientes a las cámaras del consejo y de popa; a estribor y por proa de la carroza lleva firme el estandarte ideal de la Santa Liga, blanco con crucifijo, cuando en realidad era azul con la imagen de un crucifijo y debajo el escudo de armas papales, de Venecia, del emperador Carlos V y las de don Juan de Austria. En el árbol de proa enarbola una bandera cuadra blanca con la cruz de San Andrés y una flámula carmesí con la imagen de la Virgen del Rosario. A proa de la carroza está reunida la gente de cabo, entre la que se encuentra Luis de Requesens, y sobre el pasillo de crujía se aprecia en solitario la figura de Juan de Austria que lleva media armadura con brazales, calzas y botas hasta las rodillas, luciendo en el pecho una condecoración de ocho puntas y cubriendo su cabeza con un morrión adornado de penacho de plumas rojas y blancas; sobre el peto cruza la banda encarnada de general, la mano derecha empuña una espada en gesto amenazador y con la izquierda porta la bengala de mando. Detrás del generalísimo, un padre dominico porta un crucifijo con la mano derecha mientras lo señala con la izquierda. Más a proa, sobre el mismo pasillo, destaca la imagen del cómitre mosqueando con un rebenque o “anguila” las espaldas de la chusma a la que se aprecia bogando desesperadamente. La proa está materialmente cubierta por la gente de guerra de infantería, 400 hombres, que luchan encarnizadamente con los jenízaros turcos.

Por su parte, a la izquierda, la galera real otomana o “Sultana” presenta su aleta de estribor con la carroza descubierta rematada por tres fanales que llevan debajo sendos escudos con medias lunas en sentidos contrapuestos. En el trinquete arbola bandera cuadra oscura con media luna y una flámula decorada al parecer con una cola de caballo o insignia “tug” pintada o bordada. A proa de la carroza se distingue la figura de Alí Pachá, vestido a la turquesca y la cabeza cubierta con celada rodeada por turbante; la mano derecha empuña un alfanje en actitud desafiante. Más a proa, la masa de jenízaros pugna por invadir la Real española. Ambas galeras se ven rodeadas por diversas embarcaciones que combaten entre sí y multitud de hombres en el agua.

Por el través de estribor de don Juan se aproxima en su apoyo otra galera española a juzgar por el estandarte blanco con las armas reales que arbola a estribor de la carroza. Si nos atenemos a los puestos adoptados en el combate pudiera identificarse con la de Luis de Zúñiga, el caballero armado y acompañado a su derecha por otro padre dominico con su crucifijo. La carroza es de estructura descubierta y ricamente decorada. En ambos árboles iza las banderas blancas de la cruz de San Andrés y flámulas carmesí con escudos cuartelados.

A estribor de la galera de Zúñiga se aprecia otra arbolando insignias papales, blancas con las llaves de San Pedro bajo tiara pontificia, que puede identificarse como la capitana de Colonna según el orden de combate preestablecido. Mucho más  alejado, un grupo de galeras y naves entremezcladas venecianas y una con bandera de Malta. En la parte superior derecha del cuadro desde el observador, otro grupo de galeras cristianas a vela y remo en tropel persigue a parte del ala izquierda turca de Uluch-Alí que se bate en retirada.

Tanto la Real de don Juan como la Sultana de Alí Pachá tienen por sus popas y aletas varias galeras que las apoyan con gente de refresco. En la lejanía, bajo la imagen de la Virgen, el ala derecha cristiana de Doria y la izquierda turca de Uluch Alí se baten encarnizadamente en las postrimerías del combate.



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Ya fuera de nuestras fronteras podemos destacar al pintor manierista Giorgio Vasari que pintó un fresco, Las armadas de la Santa Liga y la otomana enfrentadas, y otras varias en la Sala regia del Vaticano; Vicentino Colonna pintó La bataglia di Lepanto para el Palazzo Ducale de Venecia, y es uno de los cuadros más famosos que reflejan esta contienda, aunque el héroe del cuadro no es precisamente Juan de Austria, sino el almirante veneciano Sebastiano Venier. Pablo Veronese pintó otra Batalla de Lepanto que está en la Galería de la Academia de Venecia.
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En el terreno musical hay un Cervantes en Lepanto (abril de 1876) de Emilio Arrieta que pone música a la narración de la batalla por Cervantes en los tercetos de la Epístola a Mateo Vázquez.


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En el terreno literario queremos destacar:

Luis Carrero Blanco escribía en su libro La victoria del Cristo de Lepanto: “Hace cuatro siglos Europa, y con ella la civilización cristiana vivían bajo la terrible amenaza de otro grave peligro, pues el S.XVI fue, como el actual, testigo de una de las más graves crisis de la  cristiandad. Cuando los hombres que nos sucedan escriban, pasados muchos años, sobre los acontecimientos que hoy vivimos, ¡qué semejanza tan sorprendente encontrarán entre estas dos épocas!”. Y continúa diciendo: “De un lado, una mística bárbara y anticristiana; enfrente, la cristiandad, en eterna discordia interna, quebrada su unidad por celos, envidias y ambiciones”.

También el historiador británico John Lynch, en su libro España bajo los Austrias, hace justicia a la índole forzosa e involuntaria con que las fuerzas españolas acudieron a la coalición de   Lepanto; y al mismo tiempo da a entender que ésta fue la última y suprema conflagración que enfrentó a los pueblos del Mediterráneo. A partir de este momento el centro de los problemas políticos y económicos del mundo se trasladó hacia el Atlántico.



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...a partir de Lepanto, el Mediterráneo fue un mar pacífico y sereno.










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