4 LAS GALERAS DE LEPANTO
LA MARINA MEDITERRÁNEA
Será en el siglo XVI cuando se forme el Imperio Español, uno de los mayores de la Historia, y el primero con territorios en todos los continentes.
A lo largo del mismo tendrán lugar la conquista de gran parte de América y Filipinas y la unión dinástica de España y Portugal (1580-1640); Inglaterra se convertirá en la principal rival de España (Gran Armada, 1588) y tendrán lugar las guerras de Italia, entre Francia y España, la revuelta de Flandes y el imperio turco incorporará Hungría (1526), produciéndose la toma de Argel y Túnez y la Batalla de Lepanto (1571).
El MEDITERRÁNEO fue, fundamentalmente, escenario de las campañas contra turcos y berberiscos, y secundariamente, de las campañas contra potencias europeas, ya sean los pequeños estados italianos o la monarquía francesa.
El aumento del peligro turco en el Mediterráneo occidental iba a dejar una huella decisiva en el carácter y el desarrollo de la España del S.XVI.
Durante el reinado de Carlos I las actividades berberiscas aparecen ligadas a Barbarroja, mientras que los turcos contaban con un caudillo temible en la persona de Solimán II el Magnífico.
Las correrías de turcos y piratas norteafricanos mantuvieron en constante estado de alerta a las costas españolas, construyéndose torres de vigilancia para alertar la presencia de atacantes.
Durante los reinados de Carlos I y Felipe II el conflicto generalizado en el Mediterráneo alcanzó dimensiones espectaculares.
La guerra deja de ser un episodio estacional para convertirse en uno permanente a lo largo de todo el siglo XVI y XVII, lo cual fomenta el establecimiento de un despliegue de Escuadras de Galeras permanente.
Estas Escuadras de Galeras representaban una fuerza más que adecuada para enfrentar al poder naval otomano y desbaratar la piratería berberisca.

Bandeja conmemorativa de la Conquista de Túnez (1535).
Habiéndose apoderado Barbarroja de la ciudad de Túnez (1534), constituía un peligro evidente para la seguridad de las costas de España e Italia. El emperador Carlos I decidió acabar con la amenaza y se dirigió contra su objetivo el 13 de junio de 1535. La plaza de Túnez fue tomada por asalto el 21 de julio.
Museo Naval de Madrid
Las primeras escuadras mediterráneas de la Edad Moderna, la de la época de los Reyes Católicos, estaban conformadas por un porcentaje muy elevado de embarcaciones comerciales de particulares adaptadas operativamente para entrar en batalla junto con las naves estrictamente militares: las galeras.
Durante el reinado de Carlos I se fijan cuatro escuadras mediterráneas: las de España, Nápoles, Sicilia y Génova, de las cuales la mitad de sus efectivos son de propiedad real.
El sistema que se utiliza para mantenerlas activas es el “asiento” por el cual la corona entrega el dinero necesario para su mantenimiento al propietario de la embarcación.
Las naves protagonistas del Mediterráneo eran las sutiles y frágiles galeras: navíos planos de una solo cubierta, propulsados a remo.
Pero el verdadero creador de la gran armada del mediterráneo es Felipe II, tanto por el número de navíos que se construyeron a lo largo de su reinado como por su intención de que los buques que la componen sean de propiedad real y controlados administrativa y económicamente por los órganos del poder central.
Estamos, por tanto, en la época dorada de la marina mediterránea de la Monarquía, que comenzará su larga fase de recesión después del fracaso de la Gran Armada y el inicio de la decadencia de la flota otomana de finales del S.XVI.
Las escuadras de galeras se irán reduciendo en número de efectivos, desde el reinado de Felipe III, quedando reducidas a tareas auxiliares y adquiriendo un papel totalmente secundario. Sin embargo, la persistencia de la piratería mora, las óptimas condiciones de las galeras para actuar en las proximidades de la costa y el hecho de que el mando de las escuadras estuviera reservado a los Grandes de España y títulos importantes de Castilla, va a determinar la permanencia de estos buques hasta comienzos del XIX.
Las galeras de España, que utilizaban Cartagena como base invernal, tuvieron que cambiar su sede, concentrándose en la bahía de Cádiz, dadas las necesidades defensivas de la Monarquia para asegurar la llegada de las flotas de Indias a Sevilla, vigilar la zona del Algarbe y ayudar en el control de la seguridad del comercio Atlántico.

Bahía de Cádiz y Cartagena
Tomadas de Pedro Teixeira: Atlas del Rey Planeta. La “descripción de España y de las costas y puertos de sus reinos” (1634)
Biblioteca del Museo Naval de Madrid
Pero en 1668, la base de la Escuadra de España se volvió a situar en Cartagena por la obstrucción de El Puerto de Santa María por la barra de arena del río Guadalete.
Las galeras de España, que se suprimieron por Real Orden de 28 de noviembre de 1748, son restablecidas en 1785 con un papel limitado casi exclusivamente a campañas de corso contra los argelinos, y será Carlos IV quien las suprimirá definitivamente por Real Orden de 30 de diciembre de 1803.
La marina mediterránea española en la Edad Moderna pasó en dos siglos y medio de su máximo apogeo, que coincide con la fecha de la victoria de Lepanto, hasta convertirse en una escuadra auxiliar de las grandes armadas.

Libros de galeras
Archivo del Museo Naval de Madrid
Oscura y lentamente fueron desapareciendo las Galeras de la Armada Española, tras casi tres siglos de gloria, y su precario renacimiento a finales del XVIII. El tiempo de las galeras había pasado pero nos quedaba el TESTIMONIO ESCRITO en sus LIBROS GENERALES de ASIENTO.
LA GALERA
El apogeo y la decadencia de la Galera tuvo lugar con Reyes de las Casas de Austria y de Borbón.
Mientras los océanos se abrían a las navegaciones con buques de alto bordo, propulsados exclusivamente a vela, las galeras, movidas por una masa de remeros, se convirtieron en el elemento primordial de la fuerza de choque con que se midieron cristianos y musulmanes durante largas décadas. Las galeras no sólo desafiaron el predominio de los barcos de quilla redonda sino también de las fortalezas y fortificaciones.
Desde la Época Clásica hasta bien entrada la Edad Moderna, la galera fue el buque de guerra primordial en el ámbito del Mediterráneo lo que no excluyó su uso y construcción en el Atlántico ibérico.
En este mar, donde las distancias son cortas y los regímenes de los vientos variables, la movilidad que proporcionan los remos a la galera durante el combate puede superar a la capacidad artillera de las naves mancas -galeón, carabela y nao- expuestas a quedar a merced de las galeras si falla el viento.
La Galera representa el tipo de embarcación guerrera que durante mayor tiempo se mantuvo sobre las aguas, abarcando su precedente en la Historia desde la más remota antigüedad.
Los fenicios defendían con ellas su comercio, Grecia las utilizaba para imponer su soberanía político-militar...Y a ellas es necesario referirnos cuando se quiere hablar de Poder Naval.
Alcanza la cumbre de su hegemonía en la Batalla de Lepanto, manteniéndose su empleo, en España, hasta finales del siglo XVIII.
Pero, aunque las galeras ya existían en la Edad Media, en puridad solo cabe hablar de galeras españolas a partir de la unión de los reinos peninsulares con los Reyes Católicos.
Cuando los Reyes Católicos lograron la unidad nacional, la galera entró al servicio de España con el nombre de galea.
En pleno siglo XVI el diseño de las galeras evolucionó hasta alcanzar una perfección en su tipo y características, manteniendo sus líneas invariables, en lo fundamental, hasta el S.XVIII.
Las galeras siempre fueron embarcaciones muy ligeras, de poco calado y extraordinariamente largas y estrechas, con propulsión fundamentalmente a remo y capacidad para transportar gran cantidad de gente armada y desembarcarla con facilidad.
Sus limitaciones operativas más destacadas fueron la necesidad de invernar a cubierto y el mantenimiento del gran número de hombres que requiere su manejo.
Su vida operativa era corta: del orden de unos 10 años, y mucho menos si participaba en un fuerte combate o sufría un duro temporal.
El dibujo de la izquierda recrea una galera española típica de la segunda mitad del siglo XVI, con 24 bancos de boga por banda, del tipo de las que combatieron en Lepanto.
Entre las estructuras de proa vemos, en primer lugar, el espolón que cumplía una doble función: servir como arma de abordaje y de punto donde afianzar el aparejo. A veces constituía un obstáculo para el fuego artillero, por lo que se cortaba cuando se combatía con la nave sin arbolar, “a palo seco”, sólo con la fuerza humana de la boga.
La corulla, situada en la proa, estaba destinada a estibar las anclas, una para cada banda, y sus cables y a guarnecer las principales piezas de artillería de la galera.
Por la parte que miraba hacia la popa, la corulla se comunicaba directamente con la cámara de boga, que tenía de ordinario unos treinta metros en el sentido de la eslora y entre ocho o nueve metros en el sentido de la manga. En su eje más largo quedaba dividida por la crujía, que discurría más alta que los bancos de boga, y que prestaba diversos servicios: desde zona de tránsito dentro de la nave hasta lugar donde almacenar los aparejos.
Transversalmente a la crujía se situaban los bancos de boga que daban asiento de ordinario a tres remeros, si bien las galeras reales podían llevar hasta siete por banco.
En la cámara de boga se ubicaban también el esquife (bote auxiliar de la nave) al que se le daban múltiples usos, el fogón (donde se cocinaba) y el poyo (lugar utilizado para sacrificar los animales que debían de servir de alimento a la tripulación).
Hacia popa, la crujía se continuaba en una plataforma, situada a su mismo nivel, que recibía el nombre de espalda, último reducto para la defensa de la galera cuando el ataque provenía de la proa. La estructura levantada a continuación hacia la popa era conocida como carroza, cuyo techo descansaba sobre la flecha, nervio lo suficientemente ancho y robusto para servir de suelo a los pilotos en la navegación. Durante el combate también permitía a los arcabuceros maniobrar sobre él.
Las galeras no tenían más que una cubierta, sobre la cual iban dispuestos a una y otra banda, los bancos de boga, transversalmente a la crujía o paso que iba de proa a popa y que discurría más alta que los citados bancos.
Los remos no se apoyaban sobre el borde del casco del barco sino sobre dos largas piezas, llamadas postizas, que corrían a ambos costados, de popa a proa, y algo separadas de las bandas. De este modo, el punto de apoyo del remo estaba más alejado de su extremo de acción y resultaba una palanca de mayor potencia.
Las antiguas galeras tenían en la popa una camareta o carroza cuya cubierta estaba algo más alta que la crujía y formaba una plataforma desde donde se gobernaba el timón. Allí se situaban los jefes y oficiales durante el combate.
En la parte más elevada había un sillón destinado al general de toda la Armada.
La toldilla estaba protegida en sus costados por parapetos. Posteriormente se cerró del todo formándose otra cámara más amplia.
Tipología de la popa, carroza y maniobra del timón en las galeras de la segunda mitad del s.XVI

Las galeras diferían en su porte por el número de bancos que contenían.
A mediados del XVI se consideraba galera ordinaria a la dotada de 24 bancos con tres remeros y otros tantos remos en cada uno por cada banda, a las que tenían de 26 a 29 se les denominaba bastardas, pero la mayor, con 30 o más bancos, era la Real.
Más tarde las galeras ordinarias tendrían 26 bancos y no era raro que cada uno llevara cuatro remeros asiendo un solo remo, de bastante mayor talla, denominado de “galocha”.
La diferencia esencial es que mientras una galera ordinaria llevaba 3 o 4 remeros por remo, las grandes podían llevar 5, 6 y hasta 7, lo que incrementaba notoriamente la potencia de remada.
Tal crecimiento fue consecuencia de varios factores, entre los que destaca el del peso de la artillería incorporada.
Los cañones fueron el elemento que en mayor medida condicionó la evolución del diseño de las galeras durante el XVI, aunque también se tuvo en cuenta la necesidad de transportar un número crecido de soldados, y la cuestión de prestigio concretado en que las Reales y las Capitanas fueran de hasta 30 y más remos por banda.
Las galeras Reales, Capitanas o Patronas eran los tres tipos representativos del mando y en las que se ponía especial cuidado en adornar.
Un atributo imprescindible en estas galeras especiales, representativo de dignidad y mando, era el FANAL.
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encendía de noche para orientación de los buques que navegaran en conserva con la “galera de fanal”.
Solo tenía derecho a encender fanal la galera que embarcase el mando superior de cada escuadra.
Todas las galeras de “fanal” solían ser más grandes que las ordinarias, y estar más ricamente decoradas en sus popas, también llevaban más artillería, incluyen la “menuda” o ligera de los costados, y dotación más numerosa y selecta, lo que las hacía muy superiores en combate.
Las galeras españolas llevaban gran profusión de flámulas y banderas, dominando siempre la bandera con la cruz o la imagen patrona de la embarcación y el estandarte real en las naves Capitana y Almirante.
La idea que presidió siempre la evolución de la galera fue darle cada vez mayor velocidad a remo, para desbordar al enemigo y atacarlo con ventaja por el costado, destruyéndole la palamenta, pues se combatía a palo seco o sin velas izadas.
Aparte de la introducción del aparejo latino, que permitió navegar incluso con los vientos flojos y variables del Mediterráneo, y del timón de codaste, la introducción de la artillería, como hemos dicho, a partir del S.XV, modificó esencialmente a las galeras.
Las piezas más pesadas a proa y las más ligeras y portátiles en los costados y a popa.
Esto implicó un enorme aumento de peso en proa, sobre todo cuando se comprobó la necesidad y conveniencia de montar una pesada pieza en la crujía o eje central de la galera.

Cañón de crujía

Artillado completo de una galera ordinaria española (s.XVI)
Una galera del S.XVI al XVIII no solía montar más de 5 cañones, todos ellos en proa, y de los que solo uno, el de crujía, solía ser de gran tamaño, potencia y alcance, mientras que cualquier velero de la época podía disparar por cada una de sus bandas un nº de balas cuatro veces mayor.
Pero las galeras casi siempre podían escapar de sus más robustos y mejor armados enemigos remando contra el viento, o aprovechar la calma para revolverse contra ellos y castigarlos duramente por proa y popa, los sectores menos defendidos de estos, hasta conseguir su rendición o hundimiento.
Ello obligó a prolongar el casco desde la primera fila de remeros, para dar una buena reserva de flotabilidad a proa que compensara tan gran carga.
En cuanto a la artilleria secundaria, las galeras occidentales o ponentinas (españolas, francesas y genovesas) emplazaban esmeriles y falconetes a popa, uno a cada banda, y dos o más en cada costado, dispuestos para rechazar los intentos de penetración de la gente de abordaje enemiga por el sector popel, que es el de menor capacidad ofensiva y defensiva de la galera.

Ballesta bodoquera
Las ballestas formaban parte del grupo de armas de mano utilizadas
Museo Naval de Madrid

Esmeril español (S.XVI)
Se empleaban desde las amuradas de los buques
Museo Naval de Madrid
La galera que hoy se recuerda era ya visible a comienzos del XVI pero aún tendría que soportar cambios durante el siglo.
Por lo que se refiere al aparejo las cosas también cambiaron.
Normalmente las galeras llevaban 2 palos, trinquete y mayor, que arbolaban velas latinas, que se podían cambiar por otras en caso de mucho viento, o sustituir, especialmente, en el trinquete, por una vela cuadra en caso de tener viento de popa.
La superficie del velamen, en trinquete y mayor, irá aumentando con el tiempo así como el tamaño de los palos, para lo cual era necesario agrandar la galera, así una galera sencilla del S.XVIII tenía el tamaño de una patrona del siglo XVII.
Un cambio o mejora decisiva fue la construcción de la arrumbada o reducto de proa, dejando así encerrados los cañones y proporcionando una plataforma para los arcabuceros y tropas de abordaje, o dicho de otro modo, proporcionando una mejor plataforma artillera y una mejor defensa a la formidable infantería de los Tercios embarcada en ellas.
En Lepanto las únicas galeras con arrumbada eran las españolas.

El espolón fue un arma tradicional de las galeras desde la Antigüedad aunque el de las galeras de la Edad Moderna era distinto del clásico. En esta época era una larga y relativamente fina viga de madera con cabeza de bronce que salía a ras de la cubierta en la tamboreta y que incluso estaba algo inclinada en su punta hacia arriba.
El espolón además de tener como finalidad desfondar las naves enemigas también se utilizaba para afianzar la vela del trinquete.
La construcción y conservación de las Escuadras de Galeras originó la creación de infraestructuras en los puertos para atenderlas, las famosas ATARAZANAS, que hasta finales del XVI existieron en Santander aunque al comenzar el S.XVIII todas las galeras de España habían sido construidas en Barcelona.
La construcción de galeras seguía métodos artesanales, de CARPINTERÍA DE RIBERA.


Colección herramientas de calafate
Museo Naval de Madrid

En 1568 Felipe II ordena construir una Galera Real de la mejor madera existente.
En 1571, la construcción de las galeras era todavía empírica. Existían pocas obras tan técnicas como el manuscrito de Escalante de Mendoza, “Ytinerario de navegación de los mares y tierras occidentales” (1571), seguido en 1587 por el Tratado de Diego García de Palacio “Instrucción Nauthica, para el buen uso, y regimiento de las naos, su traça, y gobierno conforme a la altura de Mexico”.
Construir una galera que superara a todas las demás por sus dimensiones y por su ligereza; una obra que materializara, mediante sus pinturas y esculturas, su idea de gloria.
Por la elección de sus historias, de los emblemas y las divisas, el buque se convirtió en el espejo de virtu- des de un buen gobierno cristiano y en una puesta en escena anunciadora de su victoria.
Medía sesenta metros de eslora, incluido el espolón, y seis metros veinte de manga; contaba con treinta remos por banda, cada uno de los cuales tenía una longitud de once metros cuarenta.
La galera debía ser el emblema del catolicismo militante de los Reyes hispánicos por la evocación de los mitos antiguos que portaba y, especialmente, el de los argonautas y el vellocino de oro.
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PLANTA DE LA GALERA
La planta de la galera se corresponde con lo que hoy entendemos por dotación (tripulación más guarnición). Tradicionalmente la planta de una galera se dividía en:
Gente de cabo
Comprendía a la gente de mar y a la gente de guerra que en el S.XVIII figuraba con el nombre de “infantería” en la cual se encontraba el capitán de la galera, su alférez, el sargento, el tambor, los cabos de escuadra, los granaderos y los soldados.
El capitán de galera lo era en navegación y en combate, aunque con dos “segundos”: el patrón, ocupado de la primera, y el capitán de la compañía embarcada.
En cuanto a la gente de guerra, no cabe duda que el “arma secreta” de las galeras españolas era la formidable infantería que embarcaban, la mejor del mundo durante todo el XVI y la primera mitad del XVII.
La infantería lo mismo luchaba al abordaje que desembarcaba en una playa bajo el fuego enemigo, que sitiaba una fortaleza o la defendía, que utilizaba las armas habituales del soldado de la época: espada, pica, arcabuz y mosquete, que manejaba un esmeril a bordo o arrojaba granadas, frascos de fuego o incendiaba una embarcación enemiga.
El jefe de una Escuadra de galeras era el Capitán General, que embarcaba en la Capitana, la del segundo jefe era la Patrona.
Si la expedición era lo bastante grande como para juntar varias escuadras, el jefe supremo era el Capitán General del Mediterráneo, que solía embarcar o bien en la Capitana de la Escuadra de España, o en la Real, especialmente si se trataba de alguien de linaje.
Esta planta se mantuvo hasta la extinción del Cuerpo de galeras en 1748, hecho al que nos hemos referido con anterioridad.
En 1785 se restablece la Escuadra de Galeras pero ya con oficiales del Cuerpo General, Oficiales de Mar e Infantería de Marina.
Donde aparecen mas diferencias es en los oficiales de mar, ya que los contramaestres y guardianes sustituyen a los cómitres, los capataces de forzados a los alguaciles, el botero desaparece y aparecen el armero y el cocinero.
Por su parte, la gente de mar la componían el capellán, el protomédico o el cirujano, el patrón, el cómitre y sotacómitres, el piloto y sus consejeros, el calafate, el botero, el remolar, los artilleros, los alguaciles y sotaalguaciles, los timoneles, los marineros de flecha y marineros y los proeles.
El capitán de la galera era asistido en su parte náutica por el patrón o segundo de a bordo, mientras que el piloto estaba especializado en conocer al momento la situación, rumbo y velocidad de la nave.
Un personaje central en la galera era el cómitre, oficial de mar encargado de dirigir la boga de los remeros y la maniobra de la galera incluso cuando esta navegaba a vela. Siempre junto al capitán, era el encargado de transmitir sus órdenes, haciéndose oir con el silbato de plata que llevaba colgado al cuello y que era el emblema de su grado, aparte del corbacho o vergajo con el que “animaba” a los remeros en su trabajo.
El cómitre de “medianía”, reforzaba su papel en la parte proel del buque.
Los alguaciles, sotaalguaciles y compañeros de éstos, eran los encargados de la custodia y orden de forzados y esclavos, encadenándolos o “desherrándolos” según conveniencia.
Los consejeros eran los prácticos de la costa y aguas por donde se iba a operar, expertos en fondos, calados, vientos y corrientes, puntos de recalada y de aguada...

Los marineros estaban divididos en diversas y algo confusas categorías según su función y puesto a bordo, incluyendo a los artilleros de las piezas de proa, pajes y criados.
Especial interés tenía la maestranza embarcada, es decir, los encargados del mantenimiento de la nave: desde el maestro de hacha, de las reparaciones del casco en unión con el calafate, el remolar de las reparaciones de los remos, botero para la pipería o barriles... todos dotados de algún ayudante.
El protomédico de las galeras de España tenía a su cargo la inspección de los servicios sanitarios en las naves y él mismo servía en las Escuadras, con frecuencia, no sólo como médico sino como consejero militar.
Así ocurrió con Cristóbal Pérez de Herrera, protomédico de las galeras de Felipe II y fundador del Hospital General de Madrid, y el cirujano Gregorio López de la Madera que más que clínico fue consejero político de D. Juan de Austria Dionisio Daza Chacón, de menos importancia social y militar pero más eficacia profesional, fue el gran cirujano de Lepanto y estuvo sirviendo hasta la senectud en los ejércitos.
Su prestigio se debió a que conocía bien la cirugía de las armas de fuego; sabía que una bala alojada en sitios no vitales no era peligrosa y sólo excepcionalmente la extraía. Con esta prudente actitud salvó muchas vidas. Era muy caritativo y una de sus máximas era: Cura del mismo modo a los pobres que a los ricos y a los esclavos como a los libres. Su actividad en las galeras fue admirable.
El cargo de protomédico de galeras era uno de los grandes puestos de la Medicina, generalmente antesala del protomedicato del Rey.

También era común el capellán encargado de la salud moral de una dotación siempre en peligro.
“El que no sabe rezar, que salga por esos mares,
y verá que pronto aprende, sin que se lo enseñe nadie”.
Gente de remo
Comúnmente llamada chusma, compuesta por tres clases de hombres:
buenas boyas o marineros voluntarios: había personas que voluntariamente escogían servir como remeros forzados por la más extrema necesidad pues se les pagaba por su trabajo y recibían mejor trato que el resto de los remeros. Sin embargo en el siglo XVIII ya no existen los buenas boyas aunque el forzado que había cumplido su condena y se le retenía a bordo por necesidad de la campaña se le daba un sueldo de buena boya y ración de gente de cabo.
forzados o condenados por sus delitos, por condena judicial, por un plazo determinado o a perpetuidad.
Las duras leyes de entonces, en cualquier país europeo, castigaban con la pena de muerte o con la mutilación, incluso delitos que hoy nos parecen menores.
Dada la ingente necesidad de hombres necesarios en una escuadra de galeras, se aplicaba con mucha frecuencia la conmutación de penas por la de galeras, aunque en realidad era una pena de muerte aplazada, dada la comprensible mortalidad de los remeros.
En cualquier caso, la condena a galeras siempre era un mal menor frente a la pena de muerte o la mutilación, pues podría suceder que se obtuviera la libertad ante una necesidad urgente. De hecho D. Juan de Austria prometió y concedió la libertad a los forzados de la flota en Lepanto si cooperaban a la victoria, y muchos otros jefes de galeras, en apuradas circunstancias, recurrieron al mismo método.

Reales Cédulas-Sentencia de
forzados
Firmada por Felipe IV Conde de
Linares. Capitán General de las
Galeras de España Primero de junio de 1655
C. González-Aller
Archivo del Museo Naval de
Madrid
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- Los esclavos del rey procedían de compra, donación temporal de particulares y, principalmente, de la presas de embarcaciones moras. Estos estaban condenados al remo toda su vida hasta que se les daba por inútiles, se hacía un intercambio o se daban a la fuga.
No hay que olvidar que la esclavitud era perfectamente legal en toda Europa y América y su abolición se retrasó hasta el S.XIX, cuando ya las galeras habían pasado a la historia.

Cadena de galeote (S.XVI-XVIII)
Uno de sus extremos se sujetaba al tobillo del condenado y el otro se afirmaba en la bancada por medio de una argolla con cerradura
Museo Naval de Madrid
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Unos y otros vestían las mismas prendas: dos camisas, dos calzones, una almilla, un bonete y un capote. No había calzado ni ropa interior.
Antes de embarcar se les desnudaba completamente y se les sometía a un rápido examen médico para verificar su robustez, se hacía reseña de todas las cicatrices y marcas, y eran filiados con escrupulosidad haciendo asiento en los Libros Generales correspondientes.
Además se les rasuraba la cabeza y la barba, operación que se repetía cada 15 días a bordo.
En la galera eran encadenados a un remo, y al grito “fuera ropa” debían despojarse de sus camisas y empuñar el remo, dejando siempre el extremo próximo a la crujía al más experto, que era el que dirigía la boga.
También debían cooperar en algunas tareas de a bordo, como izar o arriar las enormes entenas de las galeras...
PENA DE GALERAS
Consistía en “servir al remo y sin sueldo” en embarcaciones que componían la Armada.
La primera disposición para establecer la pena de “galeras” fue firmada por Carlos I en 31 de enero de 1530.
¿Quiénes iban a galeras?
Eran rematados a galeras los mineros, moriscos, gitanos, vagos, armeros, salteadores, escaladores de ca- sas, desertores, blasfemos, testigos falsos, cuadrilleros, contraventores de Reales Ordenes, rufianes, bígamos, esclavos cristianos, resistentes a la Justicia, condenados a muerte no confesos...
Condenaban a galeras:
Los Alcaldes de Corte, Adelantados, Corregidores, Alcaldes Mayores, Tribunal de la Cruzada, Correos, Tabacos, Superintendencia de Rentas, Justicias Ordinarias y de Rentas Reales, Lugares de Señorío, Inquisición, Hermandad, Generales, Capitanes de Galeras (en casos graves y urgentes)...
Parece que había tres tipos de delitos:
• contra Dios y su Iglesia
• de daño común
• los de lesa Majestad
No había una regla fija respecto a las clases de condena.
La sentencia dependía de la voluntad unipersonal de los jueces y de las circunstancias.
Desde la publicación de una Real Orden de 10 de agosto de 1653 las penas oscilaban entre un mínimo de 2 años y un máximo de 10 que se equiparaba a la “pena perpetua de galeras” aunque podía ser aumentada por delitos cometidos en la galera.
La edad penal era variable: la tendencia general era el envío de galeotes desde 17 a 50 años, pero se han encontrado penados con menos edad (12 años) y verdaderos ancianos de más de 70 años.

LA VIDA A BORDO
La alimentación
La base de la alimentación era el famoso bizcocho o galleta, un pan medio fermentado y amasado en forma de torta pequeña, que no era peculiar de la galera pues era usual en toda navegación antigua.
Era una especie de pan integral cuya superioridad alimenticia está hoy fuera de toda duda.
Al bizcocho se añadía, una vez al día, una calderada de habas que se cocían con un poco de aceite, pero que casi siempre que había restricciones se suprimía este y se condimentaban con agua.
Las legumbres o menestras se dividían en ordinarias que eran las habas, judías, lentejas y guisantes, y finas como el arroz y los garbanzos, estos últimos fueron siempre los preferidos or los españoles, pero el pobre galeote los cataba rara vez. Solo en grandes solemnidades o en tiempo de faena excesiva se cambiaba el haba por el garbanzo, como ocurrió en la campaña de las Islas Terceras, a instigación del marqués de Santa Cruz que fue uno de los más humanitarios capitanes de aquel siglo.
Con los restos del bizcocho se hacía una sopa llamada mazmorra que calentaba por la noche el estómago de los galeotes.
Cuando el trabajo era excesivo, porque había que huir del enemigo o alcanzarle, o cuando estaban los galeotes ateridos por el temporal, la ración aumentaba, en el bizcocho, en las habas del caldero y en el aceite.
La galera no hacía travesías largas por lo que era excepcional que el pan se “hinchase de gusanos” y el que las legumbres contuviesen “más insectos que harina”, como acontecía en las Naos que atravesaban el Atlántico.

La comida de la gente de mar en las galeras españolas era sensiblemente mejor que la de los remeros, junto al bizcocho una ración diaria de vino, más considerado como complemento de la dieta que como bebida o lujo, y 13 días al mes de carne salada o tocino, normalmente servida en “menestra” con arroz, 8 de queso con habas o garbanzos y 9 de pescado, con sardina, atún o tonina, también con habas o garbanzos.
Se echaban en falta las frutas y vegetales frescos, que era imposible conservar a bordo. Pero esa falta se corregía en las frecuentes escalas, con lo que el escorbuto era casi inexistente.
La mayor preocupación era el agua, tanto por su calidad como porque era indispensable cuando el resto de la alimentación era salada o seca; por ello las aguadas se imponían repetidamente, y más contando con que las galeras solían operar en los meses de primavera y verano.
La ración de los soldados era muy parecida aunque con menor proporción de bizcocho y algo mas de carne y pescado.
A pesar de las quejas, hemos de recordar que pocos marineros o soldados hubieran comido mejor y más regularmente en sus propias casas. De hecho la razón básica de enrolarse era huir del hambre más estremecedora.
Estampas de hambrunas eran cíclicamente habituales en Europa y el Mediterráneo de entonces, cuando la gente moría por miles a causa del hambre.
Las enfermedades
La aparición de enfermedades era habitual así como que éstas desembocaran en auténticas epidemias que fácilmente pasaban a la gente de cabo dado el hacinamiento en que convivían unos y otros, junto a la falta de higiene.
Las enfermedades más comunes eran las llamadas enfermedades por avitaminosis, beriberi y pelagra, enteritis...
Parece que morían en gran número por tuberculosis si eran jóvenes y de pura fatiga si eran viejos.
Cuando el remero enfermaba, se le alimentaba mejor por prescripción del médico, sobre todo si tenía la suerte de alcanzar una de las escasas camas de los hospitales de forzados.
A este tipo de “agresiones” hay que unir las propiamente militares o traumáticas; unas eran las inevitables heridas y contusiones que sufrían en los accidentes de guerra y que el galeote debía padecerlas clavado en su banco, sin dejar de remar, y otras tienen que ver con los frecuentes traumatismos de la vida habitual, por golpes de tempestades, por el azote del cómitre en las huidas y persecuciones y por la ejecución de los castigos cuando cometían faltas.
Pero la FE compensaba la fatiga y el dolor.
A los forzados y esclavos se les curaba en la misma cadena a la que iban sujetos en galera.
En todas las ordenanzas que se promulgaban para el buen gobierno de las galeras se destinaba una cláusula para recomendar que se diera buen trato a los remeros enfermos.
En este sentido, se fundaron hospitales para la asistencia de la gente de cabo y de remo.
En 1613 fue inaugurado el hospital aunque no sería hasta 1630 la instalación definitiva, de los enfermos de galeras, en el Hospital de San Juan de Letrán.
Análogos fines tuvo el de Cartagena, cuya fundación data de 1676, en sustitución del hospital del Puerto y como éste de vida poco brillante. Sus camas eran pocas y apenas sirvió de alivio a los enfermos de la chusma.
EL LEGADO HISTÓRICO Y CULTURAL DE LAS GALERAS
El mundo de las galeras no sólo es de interés para la Historia de España, y concretamente para la Historia Naval, sino también para la Literatura, Ciencias Jurídicas, Antropología, Sociología, Medicina…
La GALERA está presente en la Historia Marítima Española desde la época de Alfonso X El Sabio, que la define, en sus Partidas, como buque exclusivamente militar y presenta perfiles de la misma en el Códice de sus famosas Cantigas.
En la novela picaresca del Siglo de Oro de nuestras letras aparecen episodios relacionados con la vida en las galeras y así podemos citar El Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.


Y en las páginas del Quijote aparecen las galeras: las aventuras del ingenioso hidalgo y su fiel escudero incluyen su embarque en una galera, su protocolo y recibimiento y hasta un combate en que apresan un corsario berberisco. Todo sucede poco antes de la derrota del caballero en las playas de Barcelona, en la segunda parte de la inmortal obra.
Y a ellas debemos los españoles Lepanto, la más completa y rotunda victoria naval, que se haya disputado en la era de la artillería naval y de la pólvora.
Hubo muchos hombres que perdieron la vida pero hubo más que recuperaron su libertad: los remeros cristianos cautivos en las galeras otomanas y los forzados de las españolas, liberados por D. Juan por su cooperación en la victoria.














